El
despertador, sus reiterados y temidos alaridos.
Papeles, notas, un par de revistas abiertas por esas páginas que invitan
libertad.
La taza de café, la ropa de todos los días, o de alguno.
El olor del hastío, el sonido apagado de la calle
y los pasos apurados de los transeúntes,
una luz tenue que entra por la ventana del amanecer oscuro.
En fin, un horario que se repite obstinado.
Después vendrán las mismas expresiones en el mismo sitio,
idénticos problemas con idéntica solución.
Diversiones que no lo son, ocio dirigido.
Largas conversaciones de sobremesa en torno a altos vuelos,
en torno a empresas imposibles e interminables viajes que nunca se realizaron.
Recuerdos que inundan el hoy, viviendo en tiempo pasado.
Caminando en círculo.
Empezar, continuar, terminar, para volver a empezar y a continuar...
Llevaba años planteándome si aquello era mi sino, si no hay otra
opción,
hasta que ese día dejé de hacerlo.
Cansado de cansarme, evité mis obligaciones diarias
y emulé a mi tantas veces recordado Alejandro Selkirk,
en esa especie de conducta antisocial, en aquella ocasión obligada, hoy
deseada,
envolviéndome en una isla imaginaria de silencio, reflexión y
soledad.
Comencé a navegar por Internet, como otras tantas veces, pero no igual,
buscando qué hacer, adonde ir, como escapar, sin rumbo fijo esta vez,
libre...
Unas cuantas Web, un tiempo lento y una ilusión desconocida
me trasladaron a un lugar distinto,
no era exactamente el retiro del marinero olvidado,
pero se ubicaba muy cerca y se le asemejaba mucho.
La épica lucha por la supervivencia de aquel inconformista
y el posterior relato de un escritor inglés le habían dado nombre.